La casa de cristal

Por: Soto Hoyos 

La casa de cristal

André Breton, el fundador del surrealismo, soñó con una casa de cristal: “Mi casa de cristal, donde a todas horas se puede ver a quien viene a visitarme, donde todo lo que está suspendido de los techos o de las paredes se sostiene como por encantamiento, donde descanso por la noche sobre un techo de cristal, con sábanas de cristal, donde lo que soy me parecerá tarde o temprano grabado en diamante”. ¿Qué pensaría hoy, al ver el cristal del que están hechas tantas vidas? ¿Al ver el cristal del que están hechas tantas casas? ¿Seguiría pensando que era un sueño o vería en eso  la más horrible pesadilla?

Si algo me asusta del internet y de la sociedad del espectáculo, es el efecto que tienen sobre la intimidad de las personas. Ese efecto que ha deteriorado tal valor hasta el punto de que los paparazis deben temer quedarse sin trabajo porque ahora son las mismas personas las que hacen, sin mayor reproche, pública su vida. Muestran sus fotos, a sus familias, sus relaciones. Salen besándose, salen emborrachándose, y peor, salen en ocasiones  muriéndose. ¿Cómo será el miedo a la soledad, que no soportan ser sin compartir todo lo que son? La intimidad ha quedado encerrada en un cuarto de cristal, a la vista de cualquier ojo.

Pero no sólo muestran sus fotos, comentan sus sentimientos, hacen públicos sus gustos y sus disgustos, si están comiendo pera o si están comiendo manzana. Hablan de lo que les asusta, así, gritándole al mundo que creen que oye. Y  no se equivocan, porque el mundo, el que les corresponde por lo menos, los oye y también comenta, también habla sobre lo que ve por medio del cristal.  Mas no sólo se oyen gritos de susto, sino declaraciones eufóricas de amor, ese amor que se derrama por todas partes porque ya es un sentimiento  de muletilla, que se le ofrece públicamente a cualquiera: amigo, conocido, objeto, músico, país o color. “La amo amiga”; “amo el azul”; “amo esta canción”; “amo sacarme los mocos”.

El complejo de ser parte de la farándula (horrible palabra) también ha hecho real la frase de otro importante vanguardista, Andy Warhol, quien afirmó que en el futuro, todos tendríamos 15 minutos de fama. ¿Será que Warhol, también se abrazaría con temor a Breton viendo lo reales que están siendo sus palabras?  Miles, millones, quieren figurar, quieren que los sigan, que los aplaudan, que los retuiteén: quieren ser famosos. Y para ello están dispuestos a todo:  a compartir su vida sexual, a hablar de cualquier tema así no tengan ni interés ni conocimiento, a aparentar –no en el sentido de Wilde- que son de una u otra manera para que sean aceptados y alabados en cualquier nicho de “realidad virtual” . Están dispuestos, claro, a vivir en casas de cristal.

Dirán que es problema de cada quien, y por supuesto que lo es, que vendan su vida, perdón, que la regalen, que sigan haciendo públicas sus pertenencias más íntimas, sus secretos más profundos, que se los regalen a los futuros accionistas de Facebook, a las siniestras casas de publicidad para que con ellos sepan cómo hacer un comercial que les toque el corazón, o mejor, que les exalte el más engañoso narcisismo.

Sí, es problema de cada quien. Que prostituyan lo más íntimo y lo más arraigado a la identidad. Que el mundo sepa a qué lugar están entrando, en qué zona del planeta tierra se van a tomar un café. Que le muestren a la humanidad lo caritativos que son y publiquen sus fotos con niños pobres o negros. Sí, que le griten a esa pared irreal cuántos libros se leen (seguro lo hacen) y cómo les va de bien en el trabajo (seguro son felices). Que hablen, que no se callen, que sus vidas son realmente interesantes para los que con dedicación absoluta disfrutan viendo todo lo que está detrás del cristal.

Yo no lo haré, seguiré creyendo que la soledad, entendida como intimidad, es de las pocas cosas que pueden estar seguras si se protegen de no convertirse en parte del todo, de lo genérico, de lo mediocre, de lo “comercial”. Seguiré creyendo que amar no es una muletilla,  sino algo tan personal e importante que no es para repartir como si fuera una muestra de perfume.

Me gustan las paredes, las puertas, las llaves. Me gusta lo desconocido, me atrae lo que no se puede ver en las personas, lo que esconden como la luna en su otra cara. No quiere decir que odie o me disguste que compartamos cosas a cualquier nivel, que nos contemos cosas, no, también me gustan las ventanas. El diálogo es placentero, comunicarnos es sin duda importante, pero no cuando la comunicación está basada en mírenme sino más bien en veámonos. No cuando se está dando todo, como la mala obra de arte que no deja una parte oscura, difícil o incluso invisible para que intentemos dar con ella. Basta, creo, con asomar la cabeza por la ventana.

Sin embargo, a este paso, me parece que cada vez la gente estará más visible, más asequible. Que se seguirán revelando, sin que lo pidamos (al menos yo no lo pido), los secretos más íntimos, los momentos más privados. Creo que esos miles, esos millones, seguirán en su absurda carrera por ser notorios, para que todo el mundo los vea, porque me parece que ellos no se ven, están vacíos y en el cristal del que está hecha su casa, ya no hay reflejos.

 

 

elantagonista.com 

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Comments
3 Responses to “La casa de cristal”
  1. María Consuelo Hoyos dice:

    EXCELENTE ARTÍCULO, SOBRE ESE TEMA ESTUVIMOS HOY CONVERSANDO EN MI SITIO DE TRABAJO, ES ANGUSTIOSO COMO MANEJAN “ESAS SITUACIONES LOS ADOLESCENTES”
    FELICITACIONES

  2. Sandi dice:

    Me saco el sombrero…muy buena nota! 🙂

  3. Fede dice:

    Gracias por la nota! excelente balance de la intimidad.

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